
Lo que no ha pasado a mediodía puede pasar por la noche.
César Borgia.
Sentado de nuevo, en esta cima viendo el atardecer extinguir con sus fuegos voraces del valle la luz, tragándolos, exiliándolos a ellos como a mi y el viento helado que presagia la huida del calor… la llegada de un céfiro desnudo y oscuro, aquí, donde empieza esta: mi única realidad.
Avanza su día como no avanza la vida, con cautela y sin sorpresa, pero siempre rebosante de dicha. Ahora, recaudado el pueblo en sus hogares, les veo arder las hogueras del valle, con ese calor que pretende combatir lo que esta en todos lados, lo que no puede ser derrotado, aquello que solo puede postergarse. La pena que me producen las luces, la lucha ridícula contra mis señores, contra el viento ágil y malicioso que corre a carcajadas, que apenas y roza el pasto y ahoga pacíficamente la respiración de las esperanzas; contra las estrellas, jueces inmóviles que observan impávidos el sonido de los perdidos, los condenados y los prófugos; el circulo de blanco pálido que nos observa con la melancolía propia de los inmortales, es ella quien me arrodilla y me doblega, mi amante, mi dueña.
Ahora llega el momento, donde las sombras cubren la tierra hasta donde se ve y yo me levanto con poesía demoníaca a alabarle, con la fuerza terrible que solo ofrece la venganza contra la luz, esa fuerza que destroza el pecho y hace del corazón una máquina bestial, que late para mover, no para vivir. Vengo a sentirle y a profesarle, soy yo quien grita con sus entrañas por el valle, vomitando frases de hielo, mentiras gélidas, verdades estúpidas de carne y hueso… y en mi febril intento pateo las puertas, grito en los ventanales mientras mi reflejo se deshace mostrándome macabras muecas de mi propio rostro, que parecen reír de mí, burlándose sin tregua de mi guerra santa, que me encarcela y me retiene como lo ha hecho siempre, la idea fija que me pierde en esta casa de espejos.
Vuelvo como todas las madrugadas a la cima después de atacar el fuego, heredero maldito del sol, a quien yo he declarado mi odio, uniéndome a el para siempre. Me siento con la mirada vacía una vez más a esperar esa hora que da la partida de mi jornada, los veo salir a labrar su tierras, ahora ganando la seguridad que perdieron cuando su señor los dejó a mi merced. Ahora descanso esperando de nuevo, como siempre, como todos los días, como toda mi vida una vez más: mi anhelado atardecer de fuegos voraces.
Lo que no adivina ni el sol, ni la noche, ni la luna, es que mi labor no me despierta tristeza ni miseria, no me siento desafortunado ni desasosegado. Son mis viajes en las tinieblas los que me hacen vibrar y sonreir. Saltando en medio de la noche y la hierba, es aquí, mi paz y mi tranquilidad
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